Solo piensa en mí ...

























































ESTAS EN MI MUNDO AHORA !
































































La habitación de colores

Desde septiembre de 1982 en un pueblo chico del norte de España, una serie de cosas extrañas le sucedieron a Carlota. Realmente inexplicables, sólo el que haya tenido la mala suerte de experimentarla, o peor aún, el que haya sobrevivido esta tenebrosa historia sobrenatural, que impide tener paz, puede al menos tratar de explicarla…
Hoy es 6 de junio de 2014. Me encuentro en un estado neutro de estabilidad. Verdaderamente no sé si tendría que estar feliz ya que mañana es mi cumpleaños, o estar extremadamente triste por no tener con quien pasarlo.
Me siento normal… ni mal ni bien, ni feliz ni triste, no siento calor ni frío, es decir, nada. Y no, normal no es la palabra que mejor me describe, porque no, todo esto no es normal. Lo único que siento son estas ganas perturbadoras que vengo arrastrando durante años. Necesito desahogarme, contarle a alguien, no importa quien. Necesito saber si alguien me cree. Si alguien me entiende… Lo intenté y nadie quiso creerme ni terminar de escucharme siquiera. Así que decidí contar mi angustia mediante carta. Esta no va para alguien en particular, repito que tan sólo necesito desahogarme.
Han pasado más de 30 años y aún sigo viendo la misma habitación, la misma puerta, los mismos muebles y adornos. Exactamente la misma ventana…
Todavía no consigo valor para explicar detalladamente como fue que pasaron las cosas, además creo que es temprano para hacerlo.
Mejor aprovecho para comentar que con el paso de los años se volvió absurdo trasladarme de casa en casa, tratar con psicólogos sobre esto tan extraño que me paso, que me pasa, y que por lógica, y para mi mala suerte me sigue pasando.
Hoy realmente no me queda nada. Fui capaz de ahuyentar a mis dos hijos: Damián y Macarena, ellos decidieron irse antes de seguir aguantando “mis pesadillas”. Sí, ellos pensaban que todo era un sueño…. una mentira.
Mi esposo murió en un accidente. Él venía hacia acá, Pamplona, junto al doctor Anderson para tratarme, pero todo fue en vano. Claro.
De pronto me vienen recuerdos del pasado, creo que esta demás decir que estoy llorando, bien, no quiero ensuciar el teclado con mis lágrimas así que creo que a este paso de la carta y de mi situación es necesario explicar de una vez que es lo que me atormenta y con lo cual se me es imposible seguir viviendo.
Todo comenzó cuando tenía doce años. Mi familia estaba compuesta por mamá, papá, yo y hermano mayor, que quiero aprovechar a agregar que murió por culpa de esto y de tratar de ayudarme. Sí.
Todos los veranos papá y mamá se iban a Marbella, supongo que a gozar de las radiantes playas que hay ahí, supongo porqué a pesar de mi edad nunca fui. Recalco que en mi casa era la loca. Así que mientras vivía con mi esposo y mis hijos, ellos creían necesario que no saliera nunca de casa, excepto al hospital. Claro.
Bueno, no me quiero ir por los ramos así que prosigo. A mi hermano y a mi nos mandaban a casa de los abuelos, padres de papá, Elsa y Oscar.
Supongo ahora también que éramos lo suficiente traviesos para no llevarnos con ellos a Marbella.
La casa de los abuelos era enorme, realmente grande, y no exagero. Tenía, si no me falla la memoria, 600 m2. Imagínate, 600 m2 de secretos… que hasta el día de hoy desgraciadamente no termino por descubrir.
De todas maneras, creo que no llegue a conocerla entera, había rincones en ella que me aterraban mucho. Sí, era muy miedosa, con los años realmente se me fue el miedo a todo, por supuesto.
Mi lugar preferido en aquella casa era: “la habitación de colores”. Sí, así le decía.
Ahora lo encuentro irónico, los colores que tenía esa habitación solo era un espejismo, una mentira. Estaba… está maldita siempre digo. Lo peor es que como dije en un principio todavía la sigo viendo. No intacta por razones que seguramente más adelante voy a contar, sostengo que todavía es temprano.
De pronto me llegan cuestionarios a la mente, una de ellas: ¿Qué hubiera pasado si jamás hubiese entrado a esa habitación? Esa me la pregunto todos los días.
Lo cierto es que era muy tímida, no hablaba con casi nadie, y digo casi porqué tenía muy buena relación con mi hermano Adrián, que en paz descanse.
Me acuerdo que cuando mamá nos compraba helados a los dos, y me hacia elegir el sabor del mío, se lo decía a mi hermano despacito al oído así Adrián se la diría en voz alta a mamá.
Y no era que le tenía miedo, ni nada parecido, sino que con el único que podía entablar una conversación era con mi hermano.
Me acuerdo también que jugábamos a las espadas y a los autitos. Sí, siempre era lo que el quería. No sabía, o mejor dicho no sé decir: no. Aclaro que no me estoy quejando. Me gustaba mucho hacer lo que él siempre quería, ya que a mí nunca se me ocurrían juegos ni nada por el estilo.
A mi hermano Adrián le aterraba la habitación de colores, que extraño ¿no? Era tan linda, las paredes estaban pintadas con los mismos colores del arco iris, la puerta que abría esa habitación estaba adornada con luces navideñas. El piso parecía tener manchones de colores, ¿como los charcos de temperas? Bueno así, solo que estas no se desvanecían como la tempera. Estaba seca… como penetrada.
Los colores que la componían eran realmente desconocidos, jamás los volví a ver en mi vida. Y valla si vi colores, mi esposo era pintor, así que imagínate. Esos colores eran los más lindos y a la vez más extraños. Todavía los guardo en mi memoria, claro, como poder olvidarlos… Me gustaría saber describirlos, pero lo encuentro inútil.
Por último tenía una ventana. En ella iluminaba siempre un rayito de luz, una luz de muchos colores. Colores, muchos.
Visitaba la habitación con frecuencia y hablaba sola. Allí comentaba mis más íntimos secretos, los más guardados. Hablaba de las bromas que en un futuro cercano le haría a mi hermano, y lo mal que me caía Carlota.
Hablando de ella, creo que la mencioné en un principio. Carlota. Sí así es su nombre, y digo es, porqué ella sigue aquí, nunca murió, o tal vez nunca existió…
Supuestamente falleció a los 12 años, exactamente la misma edad que yo tenía cuando comenzó la pesadilla.
Era una necesidad, tenía que ir a la habitación siempre, ya sea para contar mis cosas o quedarme hipnotizada mirando los colores sobrenaturales que allí se encontraban.
Poco más tarde me di cuenta de que alguien me llamaba, pidiéndome auxilio o algo similar.
Era algo más fuerte que yo, quisiera poder ponerme en tu lugar, y pensar que estoy loca. Pero no, es inútil.
Yo veía a Carlota a pesar de que estaba muerta. La veía y es más hablaba con ella.
Mi inconsciente le contaba a la habitación que ella me daba miedo y que no entendía porque nunca dejaba de mirarme.
Con el tiempo la habitación de colores se volvió un refugio para mí. Y en el amigo más confiable. ¿Amigo? Si eran simplemente cuatro paredes, paredes de colores… Además no sabía, o mejor dicho nunca llegue a conocer el significado de la palabra amistad. ¿Confiable? Y sí, seguramente me agradaba porque no me contestaba y no podía juzgarme.
Lo cierto era que en esa habitación… maldita, me escuchaba alguien y me incitaba a ir con constancia. Llegue a darme cuenta de eso poco después, cuando decidí que esa sería mi habitación en casa de los abuelos.
Mientras dormía, escuchaba voces, ruidos, que alguien caminaba y miraba el rayo de luz que permanecía intacta en la ventana aún siendo de noche.
No tenía el coraje de levantarme y ver quien era, prefería taparme con las sabanas y llorar en silencio. Así fue durante una semana, siempre alrededor de las 4 de la madrugada alguien se instalaba en mi cuarto y hacia siempre lo mismo. A los dos días, me quedaba despierta con el afán de levantarme y enfrentarlo. Pero de nada servía.
Mientras tanto, Carlota actuaba adulteradamente frente a mi hermano. Le mostraba caras que a mí jamás se le hubiera ocurrido mostrar. Le hacía creer que era bondadosa y afable. Actuaba de manera servicial, siempre simulando ayudarlo en todo. Celos de hermana, quizá. Mi hermano decía que era la persona más dulce que había conocido. Se llevaba bien con ella.
¿Ven?, ven porque niego que estoy loca. ¡Adrián también la veía! De manera diferente a la mía pero la veía.
Cuando Carlota se sentaba en la mesa con nosotros, Adrián nunca conversaba con ella como lo hacía durante el día.
Yo ingenuamente les decía a mis abuelos si veían a la chica que estaba sentada a la derecha de ellos. Mis abuelos me miraban sorprendidamente. Lo extraño era que Adrián también, como si el no la conociera. Como si los dos hubiesen pactado no conocerse frente a la gente…
Mi hermano murió dos años después en el verano del 84’. Vi la escena con mis propios ojos. Estaban los dos, Carlota y Adrián en la habitación de colores, realmente no llegue a saber que hacían. Simplemente mis ojos llegaron a ver que Carlota lo empujo hacia la ventana. De inmediato yo fui a rescatarlo a ver si aún estaba vivo. Pero él caía hacia al vacío. Un vacío negro y sin fin.
Lo mismo hizo con mi abuelo en el 87 y no tengo dudas que lo haya hecho con mi esposo, y el doctor Anderson, que en paz descansen.
Ahora pasaron más de 30 años y a cada lugar que voy, siempre termino estando en esa maldita habitación, pero ahora de colores no es.
La puerta es de madera, una madera vieja y desgastada. La ventana no tiene ninguna luz, ahora cuando es de día y sale el sol, ella siempre me da oscuridad. El piso… el piso esta como bañando en sangre, seca… Como perforada.
Y a ella… se me hizo costumbre verla noche tras noche, llorando, gritando, hablándome…
Yo sin miedo, y bueno pasaron 30 años, a decir verdad creo que no importaría si me muerde, me acuchilla, o simplemente me mata.
Ya sin miedo, obviamente. La enfrento sin temor, y le pregunto cada vez que se me acerca por qué no me mata de una buena vez, o por qué viene conmigo.
Ella me dice que quiere ayuda, que la tengo que ayudar. Que ese es mi deber.
Le cuestiono que coño es en lo que la puedo ayudar y jamás me responde, Carlota simplemente se pone a llorar. Desquiciadamente.
Un 7 de junio, el día de mi cumpleaños número 26 me enteré que mi abuela vendió esa casa, a quien por cierto, Carlota se habrá olvidado de matar.
Pensé que así mi pesadilla se terminaría, pero no, pensé mal.
Ahora es un museo prestigioso. Incluso fui a visitarlo.
El personal de seguridad rumorea que de vez en cuando escuchan a una niña llorar con sus temibles quejidos. Buscan y buscan por todo lugar, pero nunca llegan a encontrar a dicha niña. Carlota, sí.
Esto es una prueba más de saber que no estoy loca y estar un poco más tranquila conmigo misma.
Bueno, creo que fue todo, espero que mi receptor me entienda, o por lo menos no me crea una demente.
Ya es de madrugada… Tengo mucho sueño. Mi mirada se desvanece, creo que me voy a dormir.
¿Saben? En este preciso momento escucho los mismos ruidos, las voces y los llantos del noche a noche.
De vuelta a la rutina…






Eva Guevara
7/6/2014